Llego a mi casa después de un intenso día, con un tremendo dolor de pies. Intento organizarme los últimos coletazos de mi día, los últimos minutos, intento dedicármelos para mí.
Me curo mi herida en el pie... escuece, molesta, pero es necesario, tengo que hacerlo.
Mientras tanto me hago consciente de que me duele la espalda. Quizás me convendría ir a nadar y estirar un poco. Quizás me iría bien un masaje... No se... no puedo pensar con claridad.
Y de repente, recuerdo que hoy, hace apenas un ratito, he tenido una interesante conversación con un buen amigo. Alguien muy cercano, alguien al que quiero mucho. Una charla sobre la vida; sobre los problemas; sobre las decisiones que vamos tomando a lo largo de los años; sobre la distancia que nos separa de nuestros seres queridos.
Me siento tan afortunada de que mi trabajo esté ligado a las personas. Raro es el día en el que no aprendo algo nuevo; en el que alguien no me aporta alguna reflexión que me hace pensar y cuestionarme muchas cosas. Y a la vez, también soy consciente de que esto es recíproco. Creo que yo, en ocasiones, también soy el motor que da que pensar.
Siempre me ha gustado el concepto de reciprocidad. Tú das, yo doy. Tú recibes, yo recibo.
Simbiosis... ayuda mutua.

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