Esta tarde el sol parecía un foco. Un foco enorme, perfecto, redondo, colgado allá en lo alto. El cielo estaba raro. Y él, estaba allí iluminando nuestra existencia, nuestra realidad. La tarde estaba rara. Mientras paseaba tranquila, notaba a la gente nerviosa, con prisas, como si el tiempo no les bastara.
De repente, he sido consciente de que durante un tiempo yo iba igual, hacía exactamente lo mismo que la gente a la que he estado observando hoy. Siempre nerviosa, corriendo a todos los lados, como si el tiempo no me bastase. Y lo triste es que el tiempo estaba allí para mí. Esperando a que hiciera uso de él. Esperando a que lo aprovechara. Lo que pasaba es que yo no lo veía.
Ahora, curiosamente, dispongo del mismo tiempo, con la salvedad de que ahora he aprendido a disfrutar de él. He conseguido que lo que antes siempre era urgente, ahora ya no lo sea. Por supuesto que tengo cosas que son importantes y que no puedo dejar de hacer, estas son, todas las relacionadas con mi hijo y su día a día. Pero, el resto de las cosas... pueden esperar.
Ahora, he aprendido a pararme. He aprendido a tener tiempo para mí, para descansar, para dedicarme a aquello que me gusta y me motiva. He aprendido a escuchar a mi cuerpo. Cuando me envía señales y me hace saber que necesita parar y tomarse un respiro, le escucho. Reconozco que todo este proceso no ha sido sencillo. Ha sido un camino lleno de altibajos, preguntas, reflexiones...pero al final ha merecido la pena.
Esta tarde, mientras un gran foco iluminaba la tarde, toda la gente llevaba prisa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario