Y de repente, la vio. Apoyada en un rincón. Justo detrás de la puerta. En el mismo lugar en el que su abuela solía dejarla. Después de muchos años, había vuelto a la casa familiar. Una extraña fuerza la había obligado a salir del encierro al que ella misma se había sometido. Se había aislado del mundo, después de lo sucedido. Decidió que esa era la mejor forma de protegerse, de que nadie más volviera a hacerle daño.
El reloj no paraba. El tiempo pasaba. Y ella, vivía tranquila en el castillo de cristal que poco a poco se había ido construyendo. Pero, una noche de primavera, de esas que anuncian la entrada del verano... mientras dormía, sintió una presencia a su lado. No podía abrir los ojos. Algo se lo impedía. Una voz dulce y tranquila le susurraba al oído.
A la mañana siguiente, al despertar, sintió una fuerza que le incitaba a regresar al lugar en el que todo empezó. Se tomó su tiempo para ordenar sus ideas. Preparó su equipaje. Cerró la puerta y partió en busca de respuestas.
Tras un largo viaje, había llegado a su destino. Una espesa penumbra inundaba la casa de sus antepasados.
Y de repente... la vio. Inmóvil. Ejerciendo una fuerza de atracción inexplicable. Dejó el equipaje en el suelo. Caminó hacia ella y la asió con fuerza. Con las dos manos.
En ese instante, la misma voz que la noche anterior le había susurrado al oído, comenzó a hablarle. Esta vez con más claridad:
Barre tus penas,
barre tus temores,
mi dulce niña.
Barre tus enojos,
barre tu ansiedad.
Barre tu dolor,
barre tu baja estima y tu tristeza
Echa fuera todo lo malo.
Todo lo que carece de sentido.
Todo aquello que no es para tí.
Permítete vivir.
Permítete sentir.
Permítete ser tú
No sabía de donde salía la voz; y mucho menos de donde conseguía sacar la fuerza que le inducía a seguir barriendo. Lo que sí sabía era que cuanto más lo hacía, más tranquila, segura y fuerte se sentía. Sus miedos, sus temores, sus inseguridades... aquellas que la habían mantenido atada durante tantos años, habían desaparecido.
Fue entonces, cuando de repente las puertas y ventanas de la casa se abrieron de par en par. La luz del sol la inundó por completo. Y allí, al fondo, junto a la puerta de entrada vislumbró la silueta de su abuela, quien mientras le sonreía, le decía: "siempre estaré a tu lado".
"Para las mujeres sensibles, no hay misión imposible". Amparo Sanchez
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