Un fino manto de nubes blancas cubría la cima de la montaña, cual ligera y suave sábana, que protege la cumbre, del frío del amanecer.
Por el este, el sol se desperezaba y un nuevo día comenzaba.
El rocío de la noche, brillaba como diamantes engarzados sobre el verde manto de los campos en esta época del año.
Y tú, como cada mañana, te asomabas por encima de las montañas, colándote poco a poco entre las estructuras metálicas de los edificios, hasta conseguir llamar mi atención, para darme los buenos días.

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