jueves, 5 de enero de 2017

Dualidades de la vida

Hace unos días, alguien muy especial para mí, me dijo que no entendía porqué estaba triste, cuando en lo que escribía transmitía felicidad y optimismo. Quizá resulte paradójico, tal vez, sea complicado de entender; o se pueda pensar que no soy muy estable emocionalmente. Pero nada más lejos de la realidad. Como ya he dicho muchas otras veces, en estos momentos de mi vida tengo las cosas muy claras. Se lo que quiero en todos los aspectos de mi vida, y por fin, después de mucho tiempo, me he reencontrado conmigo misma. Hacía tiempo que no me sentía así, hacía tiempo que no era realmente yo. Tengo 46 años, y a lo largo de todos ellos, he vivido todo lo que me ha tocado, y de todas las situaciones he sabido salir gracias al apoyo de las personas que quiero y de mucho e intenso trabajo personal. De todas y cada una de mis vivencias he aprendido y siempre me he quedado con la parte positiva de todo. Pero, sí, en estos días también la tristeza se ha adueñado de mi corazón. No voy a negarlo, porque aunque lo intento me resulta muy, muy complicado disimular. Soy una persona a la que le resulta muy difícil negar lo que mi corazón siente. Soy corazón. Y eso, me juega malas pasadas. La tristeza de estos días (y de otras ocasiones) me permite ser capaz de ver lo afortunada que soy, me da fuerza para resurgir, para levantarme y para ser la persona que soy. Cuando me sumo en estos momentos de melancolía, tomo impulso para ser capaz de vivir los instantes al máximo, tomo fuerzas para ser feliz, tomo fuerzas para seguir adelante con mi vida. Ahora, piso con fuerza el camino que he elegido recorrer. Ahora, no tengo miedo. Ahora, soy YO. 
Tristeza, felicidad... tan opuestas, tan complementarias, tan necesarias.

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