Este suceso acaeció una mañana de marzo. Era un día más en el trabajo, o al menos eso pensábamos tod@s. Nada nos hacía pensar que en unos minutos todo iba a cambiar. Siempre he dicho que lo bueno de mi trabajo, lo que lo hace especial, es el poder trabajar con personas. Esto me permite compartir con ellas sus sueños, sus miedos, sus días... Esa persona, acababa de enseñarme las fotos de sus hij@s, me había hablado de su sueño de traerlos aquí, de lo difícil que era estar separado de ell@s. Soy una persona que piensa que cuando alguien te abre su corazón, empiezas a formar parte de su vida. Quizás sea una visión egoista de la realidad, pero yo lo siento así.
Como decía, todo apuntaba a que iba a ser un día normal.
De repente, recuerdo la confusión que se creó alrededor. Gritos, carreras, señales que hacían intuir que algo muy grave había pasado. Mi corazón se paró, el estómago se me cerró. Miedo, mucho miedo. Enfrentarte a lo que jamás quieres enfrentarte. Miras a la muerte cara a cara. Los rostros de mis compañeros estaban como el mío. Paralizados. Reaccionando a la velocidad que esos momentos requieren. Aguantando las lágrimas.
En nuestros corazones sólo había silencio, temor... Esa imagen no creo que consigamos borrarla de nuestra mente mientras vivamos.
Trabajo rodeada de maquinaria pesada. Cada día estoy expuesta a riesgos y como responsable que soy, me toca vigilar que sucesos así no pasen. En ese momento, y de forma inconsciente, cargué con toda la responsabilidad.
Ese acontecimiento me marcó. Y lo hizo de forma tan importante que ahora constantemente estoy en alerta. Y muy a mi pesar, esa imagen, ese momento de confusión, se ha vuelto a repetir en otras ocasiones. Y no sólo en el trabajo.
Pero esto no acabó ahí. Ese día, todavía tuve un susto más. Otro golpe más para mi corazón. A las horas, y mientras estaba en el hospital, con una persona que luchaba por aferrarse a la vida, me comunicaron que mi madre había sufrido un accidente grave y que también estaba en otro hospital. Me acabé de paralizar. El destino, o quien sabe, me estaba poniendo a prueba. Algo quería de mí. En esos instantes y aunque parezca algo horrible, no fui capaz de derramar ni una sola lágrima. Estas, vendrían más adelante.
Tras estos acontecimientos, vinieron diez largos días en los que nos aferrábamos a un simple hilo de esperanza. Todos veíamos una luz en la oscuridad.
Pero llegó el temido momento.
Fue una mañana, bien tempranito, en el que después de no haber pegado ojo en toda la noche y entonces sí, dejar que las lágrimas más amargas salieran de lo más profundo de mi ser, me enfrenté al hecho de comunicarles a todos mis compañeros que el hilo de esperanza se había roto; que aquella luz que tod@s veíamos en la oscuridad se había apagado. Esa persona no iba a volver nunca más a estar con nosotr@s.
Ahora y después de todo lo vivido durante estos tres años, soy capaz de echar la vista atrás y de sentarme a escribir sobre aquello que pasó. Siempre he dicho que me considero una persona optimista y decidida. Y ahora puedo decir, que desde ese momento en el que miré a la muerte a la cara, algo se reforzó dentro de mí. El valor que me hacía falta desarrollar surgió, no puedo decir muy bien donde se encontraba. Pero ahora y a pesar de que nunca estamos preparados para revivir estos trances, la valentía, unida a mi sentido innato de la responsabilidad hacen que me enfrente a mi día a día con alegría, sin cargas innecesarias, sin rencores, sin miedos... porque nunca se sabe cuando puede pasar algo que nos marque para siempre.
Estés dónde estés, siempre te llevaré en mi corazón; y siempre serás, esa luz que brilla en la oscuridad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario