Una de las clases más interesantes que tuve en mi etapa universitaria, fue la que hacía referencia a la química del carbono. Mi profesor de química inorgánica era capaz de hablarnos durante horas sobre las maravillas de ese elemento químico, de sus innumerables propiedades y de todas sus combinaciones posibles. Llegada la hora de hablarnos del citado elemento, siempre insistía en que para que el carbono se transformara en diamante, tan sólo se necesitaba someterlo a la presión adecuada.
Parece imposible que una sustancia como el carbón, en su forma alotrópica del grafito, tenga como hermano a otra como el diamante. Su composición química es exactamente la misma. La única diferencia es la presión a la que han sido sometidos a lo largo de su existencia en las capas subterráneas de la tierra. Si somos capaces de sentarnos a pensar y a establecer similitudes, las personas reaccionamos de forma similar. Tod@s estamos sometid@s a distintos grados de presión. Pero no tod@s reaccionamos igual ante ella. No tod@s podemos alcanzar el grado de diamante. Un@s necesitarán más tiempo que otr@s. Algun@ soportarán cierto grado de presión durante un tiempo y alcanzarán un determinado estado de pureza (hablando según los criterios de pureza exigidos en la industria del diamante); otr@s, en cambio, soportarán la presión necesaria para alcanzar el grado máximo de pureza que se puede lograr cuando se habla de estos magníficos minerales.
Así que, como diría mi profesor, me gustaría terminar recordando que: los diamantes se forman bajo presión.

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