Era un sábado. Un sábado de principios de otoño. Un día como otro cualquiera. O al menos eso parecía. Pero resultó que ese día, se convirtió en especial. Un día de esos que no se olvidan fácilmente. O quizá, más bien, un día imposible de olvidar.
Era un sábado, cuando descubrí sin darme cuenta, que la puerta que hasta hace nada estaba abierta, se había cerrado. Esa puerta me comunicaba con mi pasado.
Fui consciente de esto porque de repente, de sorpresa, sin esperarlo apareció delante de mí, otra puerta diferente. Era la puerta de mi presente.
Tenía delante de mí una puerta nueva, una puerta que me permitía disfrutar del momento. Una puerta que me permitía volver a conectar con la naturaleza y por consiguiente con la magia. Azules y grises del cielo y del mar, contrastaban con los verdes y marrones de la sierra de Tramuntana. Esos mismos colores que hace años hicieron que me enamorara de la isla de Mallorca, volvían a ser mágicos. Esos colores, esa naturaleza, volvían a conectar conmigo, con mi yo interior, con mi esencia.
Desde ese día, consigo vivir mi presente, sin preocuparme en lo que me deparará el mañana. Me concedo pequeñas licencias a mí misma, para sentir lo que la gente me transmite; lo que la naturaleza me transmite. Voy tomando consciencia de ciertas cosas que hasta hace no mucho, no acababa de creerme. Voy descubriendo que realmente si crees, creas.
Y todo esto... desde un sábado cualquiera de principios de otoño.

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